¡Hay que sentar sobre bases firmes el futuro grandioso de la patria!

En el 60 aniversario Triunfo de la Revolución, les proponemos algunos fragmentos del discurso pronunciado por Fidel en Santa Clara, el 6 de enero de 1959.

Pueblo de Santa Clara:

He venido a conversar con ustedes un rato.  Desde que el pueblo manda hay que introducir un nuevo estilo: ya no venimos nosotros a hablarle al pueblo, sino venimos a que el pueblo nos hable a nosotros.  El que tiene que hablar de ahora en adelante, el que tiene que mandar de ahora en adelante, el que tiene que legislar de ahora en adelante, es el pueblo; es el pueblo el que sufre, es el pueblo el que sabe lo que necesita, es el pueblo quien conoce los abusos y los atropellos que se han cometido contra él.

La gran verdad es una: los problemas de Cuba no son tan complicados, los problemas de Cuba lo que necesitan es buena voluntad para resolverlos.  El pueblo de Cuba es lo suficientemente inteligente para decirles a los gobernantes lo que tienen que hacer.  Y, antes que nada –porque hay cosas que van antes que otras–, antes que nada, aquí asentar la república sobre bases tan firmes que jamás vuelva a haber una dictadura en nuestro país.

¿En qué ocasión anterior se había presentado esta oportunidad?  ¿Cuando se vio en América que un pueblo desarmado como este, un pueblo que no tenía instrucción militar, un pueblo que no tenía un fusil y que tenía delante miles y miles de hombres organizados, con aviones, con tanques, con cañones, con fragatas y cuanto aparato de muerte se ha inventado…?  Y de repente este pueblo inerme, estos hombres y estas mujeres, estos jóvenes campesinos de la Sierra Maestra –guajiros la mayor parte de ellos–, estos estudiantes que abandonaron los libros y vinieron a manejar un fusil que nunca habían usado antes, estos combatientes gallardos de nuestra juventud, una juventud que no había visto más que malos ejemplos, y que es buena de lo buena que es, porque aquí nadie le había enseñado otra cosa que cosas inmorales, y al que no tenía una «botella» le decían bobo, y al que no robaba le decían que estaba perdiendo el tiempo, por no decir otras palabras que se empleaban por ahí–.

Y, sin embargo, esa juventud tiene que tener una calidad humana muy grande para haber realizado la proeza que ha realizado, de pura inspiración propia.  ¿Cómo será la juventud que va a venir después de la Revolución, la que vamos a educar con el buen ejemplo?

Una tarde, después del primer revés, me vi con dos hombres y dos fusiles, y estuve 15 días antes de hacer contacto con mi hermano –que se apareció con otros cuatro hombres y cinco fusiles, y fueron siete en total los fusiles que volvieron a aparecer–, yo estaba tan tranquilo como estoy hoy, porque estaba seguro de que íbamos a ganar la guerra.  Sencillamente por una cosa, por una razón: ¡porque creía en el pueblo!; sabía que el pueblo se sumaría, sabía que el pueblo nos prestaría toda la colaboración posible, sabía que miles de jóvenes imitarían nuestro ejemplo, sabía que por cada combatiente que cayera se unirían cien más dispuestos a morir también.

Y esta provincia es testigo excepcional de ello, porque después de Oriente fue en Las Villas donde aparecieron los primeros grupos revolucionarios: del Directorio Revolucionario y del Segundo Frente Nacional del Escambray, y de los auténticos y de todas las organizaciones, porque todo el mundo tiene méritos y hay que reconocérselos; y nadie tiene derecho a negarle el mérito a los demás y a apropiarse del mérito de otros.

¿Qué hay que hacerle al rebelde que cometiera la indignidad de dejarse sobornar? Yo creo que el rebelde merecería más castigo que nadie; porque si uno acostumbrado a hacer esas cosas las hiciera, todavía es una inmoralidad pero se concibe mucho mejor que en un hombre que ha luchado y ha cumplido un rol en una etapa tan heroica y tan hermosa de nuestra historia, y que después traicionara esos principios.  Con los rebeldes hay que ser más duros que con nadie para que no se malogren. Y ustedes tienen que ayudarnos a nosotros a mantener elevada la moral del rebelde y no echar a perder al rebelde.

A esos hombres hay que educarlos; o sea, quiero decir, sacarles la calidad humana extraordinaria que tienen, de la inteligencia brillante que poseen, del sentimiento puro que alberga cada uno de ellos en sus corazones, y aprovechar el triunfo no para que se envanezcan, no para pensar que ya todo ha terminado, sino para empezar a mejorarse.  Yo les digo a los rebeldes que ninguno de nosotros sabemos nada todavía y que tenemos mucho que aprender. Porque si ellos hicieron lo que hicieron sin saber nada, ¡cuánto no podrá esperar la patria cuando sepan más de lo que saben hoy!

Por eso yo sé que en el futuro nunca más un ciudadano será vejado por un agente de la fuerza pública, que nunca más un ciudadano será torturado, porque las medidas van a ser muy drásticas con el que haga mal uso de la autoridad; tampoco andar con fusiles por las calles; ahora sí, porque todavía quedan unos confidentes y que hay que mantener el orden hasta el momento de la consolidación de la Revolución.

Y cuando tenga una dificultad vendré a ver al pueblo y cuando tenga un problema vendré a ver al pueblo; y siempre agotaré hasta la saciedad los razonamientos, los argumentos, la persuasión, la diplomacia, ¡jamás la fuerza porque no será necesario nunca más usar la fuerza en nuestra patria!  Cuando tengamos una queja que exponer, vendremos al pueblo y la expondremos; si el que manda es el pueblo, y si el pueblo está dispuesto a actuar, como actuará siempre, con honradez y con justicia, el pueblo será quien diga la última palabra sobre todos nuestros problemas.

Es necesario que en esta provincia, donde lucharon combatientes de muchas organizaciones, estas ideas se expresen con toda claridad para que se conozca nuestro pensamiento.  ¡Nada de bendiciones!  Nosotros estaremos siempre dispuestos a una cosa: sacrificarnos en lo que sea necesario, trabajar por el pueblo.

El pueblo tiene que estar muy alerta, no puede creer que en un día vayamos a resolver todos los problemas, que ustedes y nosotros vayamos a resolver los problemas de Cuba.  Les voy a decir más: vamos a equivocarnos más de una vez, porque nosotros no tenemos que ser infalibles; empieza el pueblo a gobernar y puede equivocarse.

Aquí no importa que no haya dinero, o que los prófugos de la dictadura se lo hayan llevado casi todo.  Lo que sí hace falta es trabajo, y nosotros estamos dispuestos a trabajar lo que sea necesario sin cobrar nada, como hemos estado peleando hasta ahora.

Esta juventud no defraudará a la patria esta vez; estos revolucionarios, porque lo son de verdad, porque han tenido que luchar muy duramente, no andarán diciendo: «yo soy revolucionario», sino:  «ya el pueblo lo sabrá».  Y el que se aparezca haciendo alarde de lo que hizo, posiblemente ese no hizo nada, porque el que hizo algo, no hace alarde.  Ni pensará caer en los ministerios como una plaga a pedir «botella», ni a andar con una pistola al cinto exigiendo cosas.

Y los estudiantes, que tanto han contribuido a la Revolución, no llevarán su fusil allí a la universidad para ponerlo en el pupitre, al lado del profesor para pedirle que le den buena nota; dejarán el fusil en el cuartel o en su casa –en su casa no, en el cuartel que es donde tienen que estar las armas de los revolucionarios–, irán a estudiar allí, ¡a estudiar de verdad!

Pero a estudiar para capacitarse, porque lo que la república necesita no son sacadores de notas, falsos graduados, sino verdaderos graduados y hombres capacitados, porque esta es la hora en que se podrá poner al servicio del país toda la capacidad de nuestro pueblo.

Y los estudiantes tendrán derecho a pedir no que les regalen materia de examen, sino que les busquen buenos textos y buenos profesores.  No habrá más huelgas porque les quiten un capítulo más o menos, porque esas huelgas lo que dan es vergüenza, y no creo que ningún revolucionario esté de acuerdo con eso.  Que si hay una huelga es porque el profesor no viene a clases y les está haciendo perder el tiempo, que si hay una huelga es porque los libros de textos no sirven, que si hay una huelga es por reclamar mejores programas y mejores sistemas de enseñanza.

La reforma del sistema de enseñanza en Cuba es muy necesaria.  Tenemos a toda la juventud estudiando bachillerato, y cuando terminan no se pueden ganar la vida en ninguna parte porque no tienen un título.

Yo he dicho muchas veces que el bachillerato es un kindergarten para mayores a donde los padres mandan a los muchachos porque no quieren que anden por la calle haciendo otra cosa, pero que no se aprende nada allí; allí la cosa es elemental, pero nada útil y nada práctica.  Lo que le hace es perder criminalmente a la juventud cinco años.

Yo considero que hay que reformar completamente los sistemas de enseñanza.  Lo que hay que hacer es una comisión de los cinco o seis mejores pedagogos de Cuba y hacer un estudio cabal de nuestro sistema de enseñanza, y adoptar planes de estudios ajustados a las necesidades de nuestra patria y a las necesidades industriales de un estado moderno, en el siglo XX, y no un método de enseñanza anacrónico por completo.  Eso es lo que deben demandar los estudiantes.

Los estudiantes pueden obtener cuantas reformas útiles sean necesarias hacer en nuestro país, con el auxilio de los hombres más capacitados en la materia.  Y creo que esa debe ser una de las tareas inmediatas de los revolucionarios, porque el revolucionario debe cumplir con su deber dondequiera que se encuentre: si es estudiante en la universidad, si es obrero en el taller, si es campesino en el campo, si es profesional frente a su profesión, ¡porque es la hora de que todos cumplamos con el deber!, sobre todo porque nuestro país, nuestro pueblo, necesita superarse.

Ahora tenemos los problemas de la zafra, los problemas de los salarios, los problemas de conseguir trabajo para todo el que esté desempleado, la asistencia a las víctimas de la guerra, la construcción de viviendas a los campesinos, a los obreros, empezando por las que quemaron los esbirros de la tiranía, que las quemaron por centenares en los campos de batalla.  Ahora comenzarán esas etapas, cada una de ellas más compleja que la anterior.

Y, por lo tanto, aquí lo que hay que hacer es trabajar y cumplir con el deber mientras tengamos energías, mientras tengamos aliento y mientras tengamos vida.  Y yo estaré en perenne contacto con el pueblo, y digo y repito que quien manda es el pueblo, y digo y repito que el Gobierno Revolucionario y nosotros no recibiremos órdenes nada más que del pueblo.

¡Hay que trabajar para hoy y para mañana, para esta generación y para las generaciones venideras!  ¡Hay que sentar sobre bases firmes el futuro grandioso de la patria!

Y nunca, en ninguna ocasión anterior, pudo sentirse un pueblo con más legítimo derecho a tener la fe y la esperanza que tiene hoy, porque lo digo con orgullo –y es lo que dicen todos estos periodistas que vienen de fuera, es lo que dicen cuantos hombres de América nos visitan–, ¡el pueblo de Cuba, con su gesto heroico, le ha dado un ejemplo al mundo entero!

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