Una villa entre dos ríos

Una villa entre dos ríos

Autora:  Migdalia Cabrera Cuello

No es obra del azar o del capricho de los hombres que la inmensa mayoría de las poblaciones se erigieran próximas a corrientes de agua, por lo general útiles para el consumo. Solo un río, lago o laguna podía asegurar la subsistencia de una comunidad. Elemento vital para los más disímiles usos, el líquido era imprescindible para el desarrollo de cualquier conglomerado humano.

Santa Clara no fue una excepción. Su ubicación entre dos ríos, aunque no de gran caudal, demuestra esta tendencia.  El hecho de que entre ambas corrientes existieran pequeños arroyos y lagunas, la reafirma.

Es natural que aquellos que fundaron esta población el 15 de julio de 1689, escogieran dentro de la hacienda definida como lugar propicio para la nueva villa surgente, un área cercana a dos vías acuáticas, y para mayor seguridad entre ambas, lo que les permitiría crecer en un amplio espacio, siempre con la garantía de un suministro permanente de agua.

Hacia el este y norte de la nueva villa corría el llamado entonces río del Monte, que nace en una de las elevaciones cercanas al punto seleccionado para erigir las viviendas, denominada Cerro Calvo. Con el decursar de los años y las propias transformaciones del medio fue llamado río del Tejar; río del Buenviaje, por su ubicación cercana a la iglesia así denominada y después Cubanicay, derivado del nombre indígena de Cubanacán, porque se afirmaba que en sus márgenes existieron poblados aborígenes que pertenecían a ese cacicazgo.

Hacia el sur y el oeste de la villa fluía el río que los pobladores iniciales llamaron de la Sabana, porque desde que su corriente brotaba en las alturas de Dos Hermanas, su curso se extendía por una  zona de sabana, propicia para la crianza del ganado, actividad económica principal de los fundadores. Este nombre sufrió cambios, y en ocasiones se le llamó del Escambray, también Río de  Piedras, por las características pedregosas en toda su extensión, sobre todo dentro del ámbito urbano, o del Puente, porque sobre el se levantó por primera vez este medio para facilitar el traslado de una a otra ribera.

El nombre de Bélico se lo adjudica el poeta Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), quien visitó la ciudad hacia 1840 y en versos publicados después, le dio esa denominación, según afirmaba, porque en sus orillas era frecuente encontrar minerales, símbolos de la guerra y crecían los laureles, que representaban la victoria. También es posible que influyeran en el nombre las características propias de esta corriente fluvial, que en época de lluvia, desarrollaba grandes crecidas, que eran fuertes y ruidosas, por las propias características rocosas de su curso.

Ambos ríos convergían hacia el norte, fuera de los límites de Santa Clara colonial, para unirse y formar el llamado Arroyo Grande.

En el área enmarcada entre los ríos del Monte y de la Sabana comenzó la construcción de los humildes bohíos de madera, yaguas y guano que dieron vida a la nueva población. Su desarrollo posterior cubrió con creces el espacio comprendido entre las entonces claras y límpidas aguas de ambos vías acuáticas, lo desbordó más allá de sus cauces y conformó una ciudad que, en más de tres siglos, pasó a ser una de las áreas urbanas más importantes de Cuba.

Más allá del Bélico y del Cubanicay

En el transcurso de su primer siglo de vida la expansión del área habitada de Santa Clara ocurrió entre los ríos que circundaban el  primer asiento poblacional. El Bélico y el Cubanicay fueron, a un tiempo, elementos que contribuían a la subsistencia de la nueva villa y límites exteriores en su proceso  de desarrollo. Para una ciudad que carecía de murallas, estas vías fluviales fueron como el muro dentro del cual crecía, con lentitud, pero sin retrocesos, este conjunto humano.

Las primeras noticias de la expansión más allá de esa frontera natural aparecen en 1779, 90 años después de la fundación, y están vinculadas a la mercedación de solares, luego de cruzar el río de La Sabana (Bélico), hacia el oeste. Estos solares fueron adjudicados por el Cabildo a Antonio Hernández, el 6 de agosto de ese año, junto a un arroyo al que nombraban los vecinos de Los Gansos y poco después  se denominó de La Tenería. Este lugar fue llamado Condado, desde sus inicios, sin trascender en la historia la razón de dicho nombre.

Fue precisamente a fines del siglo XVIII y principios del XIX que comenzaron a establecerse los primeros centros productivos importantes en este barrio, como las tenerías de Mesa y Reina, la de Lazo, sustituida después por la de los Lorda, cuyos muros aún son visibles a la derecha del llamado “ puente de buenos”, y que ya no existía al finalizar la centuria decimonónica.

También se edificó en el barrio, en tiempos coloniales, una fábrica de velas y el rastro de la matanza, que estaba situado próximo al arroyo de La Tenería, desaparecidos ambos  para dar paso a la creciente urbanización que ocurrió ya adelantado el siglo XIX. Otro sitio importante en esa parte de la ciudad fue el molino de trigo, cuyas ruinas se conservan en las márgenes del Bélico. Algunos comercios, de diversa índole, completaban el panorama económico del Condado en los tiempos coloniales.

El nuevo barrio progresó con lentitud en los primeros años, limitado a un número muy reducido de viviendas y habitantes. No fue hasta avanzado el siglo XIX que dio señales de avance, debido  al auge creciente de los centros productivos en la zona, lo que motivó la autorización del Cabildo para construir un puente sobre el río La Sabana, en la prolongación de la calle Calvario (hoy Marta Abreu). En definitiva este puente no se construyó en aquel momento, pero sí fue dispuesto en 1820,  levantar uno en la calle Santa Elena (Independencia), lo que vinculó definitivamente esta área con el resto de la ciudad.

Este hecho estimuló las nuevas edificaciones y la presencia de un mayor número de vecinos. Hasta se propuso, alrededor de 1818, levantar una ermita en dicho barrio, lo que nunca se puso en práctica. Sin embargo, cuatro años después tuvo su primer comisario de policía, Francisco del Río.

Hacia 1830 el Condado, a pesar de sus avances, aún no era considerado como barrio, y dependía del denominado Centro. En 1846 pasó a considerarse como un Cuartón, similar denominación a la que tenían los barrios situados en el área primigenia de la ciudad, pero poco después adquirió  la condición de barrio rural, bajo la égida de la capitanía de los Egidos. En el censo de 1862 era considerado como un caserío dentro de la  jurisdicción de Villa Clara con 445 habitantes. Para fines del siglo ya era considerado como barrio urbano según se aprecia en la organización electoral de 1890 para elegir Diputados a Cortes.

Desde los orígenes de su fundación y en los años que siguieron, el Condado fue una barriada donde se instalaron, de forma mayoritaria, personas humildes, vinculadas por lo general a los centros productivos que allí se ubicaron. Fue por ello un barrio obrero, de trabajadores, desde de su surgimiento, hombres que laboraban en los centros productivos  que allí  existieron desde  fines del siglo XVIII y principios del XIX.

Estos son lo los gérmenes del barrio más proletario de Santa Clara, caracterizado por la actuación combativa de sus vecinos, en todos los momentos en que se llamó a la lucha a los hijos de Santa Clara, desde la incorporación de estos a las guerras por la independencia, las aciones por las justas demandas obreras o en la más reciente epopeya de la capital villaclareña, la batalla por su liberación en 1958.

El segundo punto de expansión de Santa Clara en el período colonial, se ubicó más allá del río del Monte (Cubanicay), y no tuvo las posibilidades de desarrollo del Condado. Ocupó un espacio comprendido en el área donde hoy se ubica el patio de los ferrocarriles, hacia el este de la calle Conyedo, después del cruce del citado río.

En este sitio levantaron sus humildes viviendas algunas familias negras, entre fines del siglo XVIII y principios del XIX. Se le denominó barrio del Caney, de los Negros o Caney de los Negros y sus residentes eran, la mayoría, antiguos esclavos que habían obtenido su libertad.

Solo unas decenas de personas mantuvieron allí sus precarias condiciones de vida, hasta que la extensión del ferrocarril hacia el este determinó la desaparición  de este caserío.

Así, de los primeros dos barrios “extramuros”, más allá del Bélico y el Cubanicay, solo ha trascendido, con fuerza pujante hasta nuestros días el Condado, barrio al que sus habitantes  y los de toda Santa Clara llaman por ese nombre, aunque su denominación oficial es Raúl Sancho, en recordación a una víctima de la tiranía machadista.

Tomado de: Cabrera Cuello,Migdalia (2004): Una villa entre dos ríos. Editorial Capiro. Santa Clara, Villa Clara.

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La Unión de Historiadores de Cuba en Villa Clara desempeña un papel significativo en la promoción y divulgación del conocimiento de la Historia y de sus tradiciones y valores.

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