El Güije de la Bajada, una leyenda remediana

Autor: René Batista Moreno

Colaboración de la sección de Base de la UNHIC en Remedios.

San Juan de los Remedios es un pueblo lleno de leyendas –todos los pueblos fundados cuando la colonización  poseen esa característica-, consecuencia esto del clima de oscurantismo  en que se vivía por aquellos tiempos.

Las leyendas llegan a nosotros a través de las generaciones, transmitidas de padre a hijo, pero muchas veces no puede evitarse que sufran ciertas modificaciones producto, como es lógico pensar, de la imaginación de quienes la cuentan. Una de las leyendas remedianas más bellas de cuantas he oído, es la del Güije de la bajada. Quizás ésa sea la razón por la cual es también una de las más conocidas por los habitantes de esa villa.

Se cuenta que a principios del siglo pasado habitaba en uno de los charcos del río La Bajada –río de corto curso que se encuentra a una legua de la ciudad de Remedios-, un negrito sumamente monstruoso, de un metro de altura, con una barba hirsuta  que le llegaba a los pies y dotado de una fuerza y una agilidad increíbles, al que todos le llamaban el Güije de la Bajada.

Este salía de su charco por las noches –Charco del güije- y cometía una serie de robos y desmanes, los cuales tenían a los sitieros y hacendados de los alrededores al borde de la locura y la ruina. En muchas ocasiones estos organizaron partidas armadas para darle caza, pero era inútil, el Güije siempre escapaba.

Cuando se encontraba un vecino de dicha villa, llamado Manuel González, registrando unos documentos que se hallaron en la derruida ermita del Cristo, encontró un pequeño papel algo ilegible que explicaba la historia del Güije, y los requisitos que se necesitaban para capturarlo, los que consistían en reunir siete Juanes que fueran primogénitos para que, juntos, fuesen al charco en la madrugada de la víspera de San Juan  y esperasen allí hasta las cuatro de la madrugada, hora en que aquél salía de su escondite para hacer de las suyas.

González reunió en la Plaza del Cristo a los siete Juanes primogénitos los que, según cuenta la leyenda eran conocidos por Juan Manises; Juan García (a) Tayuyo; Juanito Pérez (a) Pericoso; Juanito Calzones el Yabusero; Juan (a) Patudo y Juan chicharrones.

Después de las doce de la noche de aquel día 23, los Juanes dieron por iniciada su operación: montaron sobre una carreta sogas, ganchos, esposas, cadenas y una camisa de fuerza, más un garrafón de vino seco y partieron, según muchos, de la fonda “El Caballo Blanco” a la sazón propiedad de un tal Chucho Mateos.

A las tres y cuarto llegaron a dicho lugar y se dieron a la tarea de beber todo el vino que llevaban y de hacer cuentos jocosos; así estuvieron hasta unos minutos antes de las cuatro, en que rodearon el charco para dar caza al conocido Güije de la Bajada. Este salió a las cuatro en punto, y los siete Juanes arrojaron sobre él sus lazos. Sólo Juan Tayuyo tuvo la suerte de apresarlo, y acto seguido los primogénitos le cayeron encima y lo amararon fuertemente para que no pudiera escapar. En la carreta volvieron a amarrarlo a uno de los barandales. Al llegar a Camaco, tomaron unos tragos más y continuaron viaje a Remedios.

A las siete de la mañana se detuvieron a tomar ginebra en la tienda de Ruviera, y no transcurrió un cuarto de hora cuando frente a la carreta  se encontraban reunidas cerca de setecientas personas contemplando a aquel extraño personaje que tanta fama había alcanzado durante los últimos años. Los Juanes continuaron viaje hacia el centro de la ciudad, seguidos por aquella procesión que cada vez aumentaba en número, mientras narraban a sus amigos los pormenores de la captura.

Cuando la carreta llegó a la Plaza del Cristo, en la ermita se efectuaba una misa; de repente salió de su interior la voz de “Ite misa est”, y el Güije, al oír estas palabras, dio un terrible salto, rompió todas las cuerdas que lo ataban, y se lanzó de la carreta como una exhalación. Todos los presentes huyeron para dar paso al Güije, y después comenzaron a grita ¡ataja! ¡ataja! Los siete primogénitos, más González, montaron en sus caballos y fueron tras él, pero aquella figurita negra que no era nada más que “un demonio”, dando grandes saltos llegó hasta el charco y se lanzó, sumergiéndose de nuevo en las oscuras aguas. Únicamente pudieron verlo  González y Juan Manises, porque sus caballos eran más veloces que los que montaban los demás Juanes.

Jamás se supo del Güije de la Bajada y de los siete primogénitos, pero González, para que aquel hecho no fuera olvidado, abrió una tienda de víveres en la calle del Cristo esquina a San Roque, a la cual dio el nombre de “El Güije”.

 

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