La República Neocolonial continuidad de la dominación colonial en Cuba.

Autora: Lázara C. Orozco Gutierrez. Estudiante de 4to año de Lengua Inglesa de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villa.

El conflicto histórico que ha caracterizado (y aún caracteriza) las relaciones entre Estados Unidos y Cuba durante más de dos siglos, tuvo su génesis en la pretensión constante de los diferentes gobiernos norteamericanos de apoderarse de la Isla, así como en la permanente determinación de los cubanos a defender su derecho a la independencia y la soberanía a cualquier precio. En los planes expansionistas del imperialismo, Cuba siempre resultó imprescindible debido a su posición geográfica en el Golfo de México y la proximidad a las costas norteamericanas, al igual que por las características de su población y de su economía. Por este motivo, la prepotente nación norteamericana siempre buscó vías y pretextos para lograr su objetivo de controlar el destino de la mayor de las Antillas.

En 1895 se reanudó el proceso independentista de nuestro país, luego de que los intentos anteriores de librar a Cuba de la opresión española fracasaran por diversos factores económicos, políticos y sociales. Esta contienda fue muy superior a las anteriores en cuanto a la organización de las fuerzas libertadoras y al apoyo que recibieron, pues se habían rectificado muchos de los errores pasados, además de la intensa actividad organizativa realizada por José Martí y la creación del Partido Revolucionario Cubano. Todo esto posibilitó que la derrota de España fuera inminente, pues ya no podía sostener la guerra ni en lo militar, ni en lo económico, ni en lo político, y la moral colonial se había desplomado por completo ante el empuje del independentismo.

En 1898, después de treinta años de heroica lucha, el ejército libertador cubano tenía prácticamente derrotado al ejército colonial español. Pero la independencia de Cuba era algo que comprometía profundamente los intereses de EE.UU., por lo cual decidieron intervenir en el conflicto bélico. Para lograrlo partieron de las posibilidades que le brindaba su poderío marítimo y militar en general, muy superior al de España, y utilizaron, entre otros pretextos para justificar la intromisión, la explosión del acorazado Maine, la polémica carta del diplomático español Enrique Dupuy de Lame y las simpatías de numerosos norteamericanos hacia la lucha que heroicamente libraban los cubanos.

En el Congreso estadounidense se discutió intensamente el problema de Cuba, evidenciándose los disímiles intereses y opiniones. Finalmente, allí se aprobó la demagógica Resolución Conjunta, en la que se comprometían a ayudar la noble y justa causa de los cubanos sin ningún interés en apoderarse de la Isla. Pretendían enmascarar su infame intromisión en la guerra independentista cubana con sus supuestos motivos altruistas.

Sin embargo, la intervención militar de los Estados Unidos en 1898 frustró el proceso independentista iniciado en 1868, y dio inicio a la Guerra Hispano-cubano-norteamericana, «la primera guerra imperialista en la historia de la humanidad», como la denominó el líder del proletariado mundial Vladimir Ilich Lenin.

El 10 de diciembre del propio año tuvo lugar la firma del Tratado de Paris, documento que finalizó oficialmente el colonialismo español en Cuba. La primera gran injusticia y ofensa a la dignidad de los cubanos fue su exclusión de esa negociación, en la que Estados Unidos negoció una libertad que no había ganado y España renunció a un derecho que había perdido frente a los cubanos. De igual modo, el ejército norteamericano mantuvo su ocupación luego de que la guerra fue concluida, y con diversas maniobras el Ejército Libertador fue licenciado y la Asamblea del Cerro disuelta, ya que eran las únicas instituciones que podían reclamar y representar al pueblo cubano en esos momentos.

En 1901 impusieron la Enmienda Platt, que dio inicio con la constitución burguesa del propio año a la república neocolonial. La enmienda planteaba que el gobierno de la República de Cuba no realizaría ningún tratado o convenio con potencias extranjeras que comprometiera o limitara la independencia de la Isla. De igual modo, expresaba que el suelo cubano no serviría de base para operaciones de guerra contra Estados Unidos, y que debían regularse las relaciones comerciales entre Estados Unidos y Cuba por medio de un tratado de reciprocidad.  Era un mecanismo eficaz que ataba a Cuba en lo militar, lo político y lo económico al designio de los Estados Unidos.

Finalmente, el 20 de mayo de 1902 el gobierno imperialista de Estados Unidos impuso a los cubanos una República formal, que poseía himno, bandera y escudo, pero que paradójicamente estaba totalmente atada a la nueva metrópoli. Era una burla a los intensos años de lucha del pueblo cubano por su independencia y a toda la sangre derramada por los próceres en el campo de batalla. Habían logrado su objetivo de apoderarse de la Isla, convirtiéndola en una neocolonia que estaba lejos de ser la Patria «con todos y para el bien de todos» soñada por Martí, donde el decoro y la igualdad debían prevalecer y la ley primera debía ser el culto a la dignidad plena del hombre.

El primer presidente de la nueva supuesta República fue Tomás Estrada Palma, cuyo gabinete estaba integrado por representantes de los grandes terratenientes, hacendados, banqueros y algunos políticos procedentes del antiguo Partido Autonomista, y que respondía sobre todo a los intereses de Estados Unidos. Como brillantemente señalaría Sergio Aguirre: «La participación de EE.UU. en la revolución cubana de 1895 dio a la Isla de Cuba una independencia manca, tuerca y coja. Dejamos de ser colonia hispánica para convertirnos en neocolonia norteamericana».

Los años de 1902 hasta la década de 1920, fueron de penetración económica, de presiones militares y de injerencia en un menor grado. Los gobiernos de turno no hicieron más que subordinarse a los dictámenes de los embajadores norteamericanos, oprimir a la población y enriquecerse mediante el erario público y fraudulentos negocios.

En la economía de Cuba predominaba el capital monopolista extranjero. El valor de las inversiones de EE.UU. en Cuba superó los mil millones de dólares en la década de 1920. La United Fruit Company y otras compañías dominaban el azúcar, mientras que otras empresas de ese país prevalecían en la refinación de petróleo, la minería, los ferrocarriles, el turismo, las comunicaciones, la electricidad, los productos farmacéuticos, el caucho, los productos químicos y la banca. Algunos bancos, como el Chase Manhattan, de Rockefeller, llegaron a tener tanto poder que dictaban el presupuesto y las políticas fiscales del gobierno cubano y lo obligaban a realizar cambios en el Gabinete.

Durante esa misma década se produjo una tremenda agitación nacional, y emergieron figuras como el antiimperialista Julio A. Mella, con la Federación Estudiantil Universitaria y el primer Partido Comunista. En ese período, en el año 1925 se instauró en el poder el dictador Gerardo Machado, contra quien el pueblo, en especial los obreros y los estudiantes, libraron una intensa lucha que revistió distintas formas en todo el país: huelgas, manifestaciones e insurrecciones armadas. En 1933, cuando la crisis política amenazaba los intereses de EE.UU., comprendieron que Gerardo Machado no podía salvar la situación, por lo que enviaron a Cuba al embajador Benjamín Summer Welles y se inició la mediación norteamericana en la crisis política.

El embajador buscó una solución a través de los partidos burgueses opositores, con la promesa de que se realizarían nuevas elecciones en 1935 para destituir a Machado de una forma honorable.  Los partidos burgueses y el presidente aceptaron la mediación, por considerarse aliados de los Estados Unidos o temer el desembarco de sus marines, pero las verdaderas fuerzas que se oponían a la tiranía no accedieron, como por ejemplo el Partido Comunista de Cuba, el Directorio Estudiantil Universitario, la Unión Revolucionaria y otras fuerzas como el Ala Izquierda Estudiantil, algunos sectores honestos del ABC y la Confederación Nacional Obrera de Cuba.

Esa crítica situación política condujo a una huelga general política en agosto de 1933 que provocó finalmente la caída del gobierno. El embajador, al advertir que la situación se había salido de su control ante el avance popular, comenzó a maniobrar con el fin de frustrar la Revolución.

Algunas personan estaban a favor de la intervención militar de los Estados Unidos, pero ellos se abstuvieron de tomar esa medida tan radical en nombre de su política del «Buen Vecino», la cual había proclamado su nuevo presidente, Franklin Delano Roosevelt, para América Latina, con el objetivo de encontrar una salida menos comprometedora que no afectara sus relaciones en todo el continente. Por ese motivo la injerencia imperialista adquirió un tono más sutil y comenzaron los cabildeos, las manipulaciones y las intrigas.

El 12 de agosto de 1933, luego de la huida del tirano Machado, fue colocado en el poder Carlos Manuel de Céspedes (hijo), como resultado del acuerdo de Welles, el ABC y el mando militar.  Este hecho escamoteó el triunfo popular y continuó el machadato sin Machado, pues el nuevo presidente no era más que una marioneta y no hizo nada por resolver la crisis del país. Las consecuencias de este periodo para Cuba fueron nefastas desde el punto de vista social, pero el movimiento popular no se detuvo.

Posteriormente, el movimiento militar de las clases y soldados con la participación del Directorio Estudiantil Universitario y otras fuerzas lograron derrocar al gobierno de Céspedes e instauraron el gobierno conocido como de los «Cien Días», presidido por Ramón Grau San Martín y apoyado por los estudiantes y revolucionarios. Todo indicaba que la llamada «Revolución del Treinta» triunfaría, pero nuevamente el gobierno norteamericano intervino logrando frustrar las aspiraciones del pueblo cubano.

El primer paso de EE.UU. fue no reconocer al nuevo gobierno, y luego enviaron 32 buques de guerra que se situaron frente al litoral de La Habana en apoyo de la «rebelión de los sargentos» encabezada por el sargento taquígrafo Fulgencio Batista, que era considerado el hombre fuerte capaz de asegurar la tranquilidad necesaria para el desenvolvimiento de las inversiones y los negocios norteamericanos en Cuba, incluyendo los mafiosos. Con la aprobación de los partidos burgueses tradicionales, Batista ejecutó un golpe de estado el 15 de enero de 1934 y se creó el gobierno Mendieta-Batista, que se encargó de ahogar en sangre al movimiento popular.

El imperio quedó totalmente complacido con el nuevo curso de los acontecimientos, por lo que garantizaron un nuevo Tratado de Reciprocidad Comercial, en 1934, y solo estando completamente seguros de su control económico y político sobre Cuba, abolieron la Enmienda Platt. De ese modo mantuvieron sometido a los cubanos en todos los ámbitos, al mismo tiempo que salvaron ante América Latina la imagen de su despreciable y demagógica política del «Buen Vecino».

Con la injerencia y la intervención constante en Cuba, la amplia visión de José Martí sobre el carácter del imperialismo yanqui quedó confirmada.  En diferentes momentos de nuestra historia intervinieron con el propósito de apoderarse del país, y posteriormente para escamotear la independencia, garantizar las inversiones de capitales, frustrar el proceso revolucionario, corromper o eliminar los dirigentes, dividir al pueblo cubano y separar los líderes de las masas.

Entre 1898 y 1935, salvo por el breve lapso en que el Gobierno de los Cien Días se mantuvo en el poder, Washington logró establecer y consolidar una serie de medidas intervencionistas que le permitieron dominar el país y proteger sus intereses hegemónicos de cualquier amenaza proveniente de los movimientos populares.

La supuesta República surgida en 1902 trajo consigo importantes cambios en el orden político, económico y social de Cuba. Fue una etapa en que sucesivos gobiernos norteamericanos restringieron el proceso independentista emancipador que se había gestado por más de tres décadas. Durante este  período, EE.UU. continuó perfeccionando los mecanismos de penetración económica y política, que agudizaron la dependencia de Cuba, obstaculizaron el desarrollo socioeconómico de la nación y favorecieron la proliferación de males sociales. Por ese motivo se hacía evidente la necesidad de la emergencia de un proceso revolucionario radical, que no llegaría a triunfar hasta el 1ro de enero de 1959, liderado por el joven Fidel Castro, y que traería  a nuestro país la verdadera independencia, la libertad, la soberanía y la libre autodeterminación.

Bibliografía consultada:

  • Causas y factores de nuestros reveses y victorias entre 1868 y 1959.
  • Cuba entre 1899 y 1959: Seis décadas de historia, de Francisca López Civeira.
  • El desafío del yugo y la estrella, del José Cantón Navarro.
  • Enciclopedia Colaborativa Cubana en la red (Ecured).

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