“La historia profunda”. Concepto y métodos en el pensamiento historiográfico de Ramiro Guerra

Autor: Yoel Cordoví Núñez. Presidente del Instituto de Historia de Cuba y miembro de la Academia de la Historia de Cuba.

Conocemos la importancia de la labor del maes­tro Ramiro Guerra Sánchez en el movimiento de renovación historiográfico cubano, sobre todo por sus inobjetables aportes en contenido de obras seminales en el estudio del devenir de la nación cubana. En menor medida incorporamos a ese entendimiento la visión que acerca de la metodología de la investigación presentaba el autor, reconocido con certeza como “iniciador de la historiografía moderna cubana”.1

¿Cómo llegó a formarse esa mente inquieta puesta al servicio de una especialidad en cir­cunstancias extremadamente desfavorables para su ejercicio como profesión? He aquí un tema que requiere de mayores precisiones. No se trata de acercarnos a la audacia de Guerra en el es­clarecimiento de determinados acontecimientos históricos, sino de entender la lógica de un pen­samiento que articula, en teoría y método, una concepción definida del oficio del historiador.

En el maestro Guerra encontramos una noción inicial de historia que, enriquecida en su prolífico quehacer profesional, alcanzó ribetes renovadores bien definidos. Se trata de la “historia profunda” que en las primeras décadas del siglo xx contrapu­so a la “historia parcial”, esta última limitada “a hechos políticos y de guerra”, y caracterizada por “una apa­sionada glorificación de todo lo cubano, una exaltación de nuestros propios méritos y una mag­nificación de nuestros personajes, incluyendo hasta los de tercera y cuarta fila”.2

Esta concepción fue delineada en un contexto de encrespadas polémicas pedagógicas, signa­das por el contrapunteo laicismo escolar/reli­gión. La enseñanza de la historia de Cuba y de la Moral y Cívica fueron revaluadas por partida­rios de uno y otro bando, y salieron a relucir en todos los casos las imperfecciones e insuficien­cias en materia de libros escolares, muy distan­tes de las necesidades educativas y políticas de la naciente república. No obstante, para Guerra, como para su amigo el maestro Arturo Montori, el intelectual Fernando Ortiz y otros destacados pedagogos nucleados en torno a la recién creada Sociedad Luz y Caballero, el problema no radi­caba en la materia curricular, mucho menos en el laicismo educacional, sino en el cómo se con­cebía e impartía la historia patria. Frente a la his­toria lineal, aconflictiva y “guerrera”, el maestro de Batabanó concibió una “historia profunda” o “completa” que tuviera en cuenta:

[…] lo que somos y de cómo hemos llega­do a serlo; la que expresa el hondo sentir nuestro, expansivo, generoso, humanitario; la que refleja las concepciones de nuestros pensadores, de inteligencia viva, lúcida, pe­netrante, omnicomprensiva; la que escriben día por día en nuestros campos, que fecunda el sudor de sus frentes, nuestros campesinos sobrios, pacientes y buenos.3

El hecho de que sus más importantes obras en materia histórica estuvieran orientadas a la for­mación y capacitación magisterial, y que el uso público (escolar) de esa literatura especializada se dirigiera a la formación cívico-nacionalista del futuro ciudadano, precisaban de un guion se­ cuencial, cronológico, ajustado en su narrativa a códigos propios del manualismo. Su primer gran resultado con este perfil fue la Historia elemental de Cuba, escrita para las escuelas primarias su­periores, preparatorias y normales. La impronta historiográfica de este libro fue reconocida por la historiadora Gloria García al afirmar: “A pe­sar de su carácter inconcluso, difícilmente pueda subestimarse la importancia y la influencia de largo alcance que esta obra ejerció en la histo­riografía cubana”.4 En la concepción de ambos volúmenes, circunscritos temporalmente al año 1607, dispuso de un referente esencial según tes­tificó el propio Guerra: “[…] los compuse ajus­tados, en todo lo que me fue posible, a un plan semejante al usado por Altamira en su Historia de España y de la civilización española”.5

Sin dudas, la obra del escritor español Rafael Altamira fue esencial en el itinerario intelectual de Guerra, sobre todo en el diseño c onceptual de la “historia profunda”. Ambos estaban iden­tificados con el papel de las historias patrias en la labor regeneracionista y de formación cívi­co-patriótica. Con Altamira y el grupo de Ovie­do encontramos una definición de la historia de España que, desde diferentes prismas ideológi­cos y militancias políticas, remite a la búsqueda de la identidad cultural a partir del estudio de la “civilización” del pueblo español (“historia in­terna”), en contraposición a la historia política.

¿Historia política (externa) o de la civilización (interna)? He aquí el dilema en el que se debatía la manualística escolar, pero que tenía su correlato en los contrapunteos en torno al tipo de narrativa historiográfica que debía consagrarse en el ima­ginario nacional pos-98. Algunos autores, como el español Daniel Linacero, asumían posiciones más radicales:

No es una historia política, externa, nacio­nal, por el contrario, es una historia cultural, interna, supranacional. No se detiene ante las batallas, las dinastías, los reinados, los personajes, sino ante los descubrimientos, los progresos, los inventos […] la constan­

cia, el trabajo y el desinterés, al servicio de la humanidad.6

¿Por qué Altamira como referente en el maestro Guerra? El intelectual español establecía el indis­pensable equilibrio metodológico en esos debates, al afirmar que estaba desautorizado como autor para “borrar” o “desfigurar” la parte guerrera de su España; pero añadía que tampoco podía limi­tarse a ella. Era necesaria la aprehensión de una imagen íntegra y orgánica, reveladora de “[…] la raíz psicológica, individual y colectiva que, apar­te la influencia del medio físico (en lo que le perte­nece en cada momento y cosa), tienen los hechos del proceso histórico de un pueblo”.7

Desde luego que Guerra pondera la importan­cia del dato en toda investigación histórica: “Los hechos no son la historia, ciertamente, pero no se puede hacer historia sin los hechos”. Eso sí, advierte que el problema residía en las interpre­taciones diversas que los investigadores hicieran de sus datos. Aquí nuestro autor se distancia del clásico molde rankeano fijado en la sentencia: “mostrar las cosas tal como sucedieron”,8 sin de­jar margen a cualquier perspectiva hermenéuti­ca que pusiera en dudas la objetividad del docu­mento luego de pasado por el riguroso filtro de la crítica histórica. Según el historiador, preten­der que se ha escrito la historia por un autor es una falacia, “[…] porque cada generación y cada historiador la ve y la estudia desde un punto de vista distinto”.9

A diferencia del positivismo clásico, que ci­fra en las certezas de “la mal llamada historia”

de “los héroes y batallas”, el cientificismo de la especia­lidad, para Ramiro Guerra la historia política prevalece ape­nas como la más “brillante, aparato­sa y pasional”. La “historia profunda”, empero, la presenta como la verdadera científica, una vez que “[…] se consagra a descubrir y sacar a ple­na luz los factores que han determinado y de­terminan el desarrollo de las comunidades y los pueblos”.10 De ahí la aseveración del historiador Oscar Zanetti, expresada al juzgar los rasgos dis­tintivos de la obra de este autor:

El tono objetivo y la parquedad de sus jui­cios —entre otras características— mantie­nen a Ramiro Guerra dentro de las fronteras del positivismo; pero su obra supera clara­mente el estadio narrativo de la historiogra­fía de principios de siglo e imprime al dis­curso histórico nacional rasgos modernos y perdurables.11

La definición de “historia profunda” fue en­riquecida en su medular ensayo Azúcar y pobla­ción en las Antillas. Sin dudas, a la altura de 1927, fecha de publicación de ese texto, los ingentes problemas relacionados con la propiedad de la tierra, el deterioro creciente de las condiciones de vida del campesinado y la extensión brutal del latifundio azucarero, no podían explicarse en toda su complejidad a partir de la mera suce­sión de hechos, procesos y figuras de la política.

Como pedagogo ligado a una concepción de la enseñanza de la historia consustancial al discur­so legitimador de las corrientes del nacionalis­mo insular, no obviaba la matriz événementielle, el tiempo sublimemente corto en el que transcu­rrían la desbordante batalla y el portentoso arro­jo del héroe. Como afirmara en la Sociedad Cu­bana de Estudios Pedagógicos, en plena Primera Guerra Mundial, impartir la historia de Cuba en los planteles escolares era “cuestión de vida o muerte”.12 Ahora bien, como historiador actuali­zado con respecto a las tendencias renovadoras que fluían en Europa y Esta­dos Unidos, confirmaba las insuficiencias del positivismo “duro y puro” y su consecuen­te impacto en el “aburrimiento” y la “memorización estéril”.

Y no es que abogara por el cientificismo histo­riográfico, a la usanza del paradigma positivis­ta, de hecho no podía estar al margen del secu­lar forcejeo entre las ciencias nomotéticas y las ideográficas en torno a sus respectivos estatutos de ciencia: “De las ciencias históricas, sociales y políticas se ha dicho que tienen la inferioridad en relación a la química, la física y la fisiología, por ejemplo, de que no son experimentales”.13 Sin embargo, la equiparación de la historia con el experimentalismo de las ciencias naturales parece hallarlo más en la metodología del psi­cologismo conductista, del cual tampoco esta­ba ajeno por su impronta en la pedagogía de la época. La experimentación no se logra mediante la sucesión o relatoría cronológica, sino que la cifra en la comparación rigurosa. De ahí la lógica del método comparado aplicado al régimen de propiedad de la tierra en Cuba con respecto al de los “microcosmos” antillanos, a partir de los análisis aportados por los historiadores ingleses Lilliam Penson, James A. Williamson, Vincent T. Harlow y el profesor de la Universidad de Oxford Hugh E. Egerton:

Ciertamente en la historia no pueden hacer­se experimentos. Pero hay casos en que una causa de transformación histórica opera ais­ladamente en condiciones tales que pueden seguirse, paso a paso, sus efectos y contem­plar, como en una cinta cinematográfica, el desarrollo de los acontecimientos. Y si un hecho social, político o económico se repite en estas circunstancias esencialmente idén­ticas en diversos países y lugares pasando siempre por las mismas fases, es posible aplicando el método comparativo a un de­terminado número de ejemplos, llegar a ge­neralizaciones de absoluta validez, puesto que se establecen mediante procedimientos lógicos irreprochables.14

Posteriormente, la amplia cultura del histo­riador y su dedicación constante lo pondrían en condiciones de flexibilizar el reduccionismo ob­jetivista-naturalista del método comparado en la investigación histórica, que llegó a asociar con los estudios microbiológicos en muestras de co­nejos. Desde la Introducción a la historia de la colo­nización española en América (1930) y La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de Espa­ña y de los países hispanoamericanos (1935), pasan­do por el Manual de historia de Cuba (1938), hasta llegar a la enjundiosa Guerra de los Diez Años en dos volúmenes (1950, 1952), así como el ensayo La educación primaria en el siglo xx: proceso históri­co de la misma en Estados Unidos de América, Gran Bretaña y Cuba (1955), se advierte el enriqueci­miento progresivo de su arsenal metodológico en historia comparada.

Imposible desconocer, por ejemplo, el sustan­cial análisis económico-social que emprende el autor en su emblemática Guerra de los Diez Años. Lo considera indispensable para relacionar las especificidades de las jurisdicciones del cen­tro-oriente de la Isla con la eclosión y desarro­llo del movimiento independentista en esas re­giones, así como sus diferentes dinámicas entre ellas y con respecto a las del occidente en igual contexto histórico. Aquí no se trata ya de escena­rios/laboratorios, sino de una comprensión más certera de las complejidades del oficio: “No bas­ta conocer a los hombres que actúan. Hay que estar informados, asimismo, de las condiciones generales, en lo natural y en lo que ha llegado a ser obra humana”.15

He aquí otras dos orientaciones metodológi­cas y teóricas que Guerra incorporó a su “histo­ria profunda”: la atención a la dimensión social y económica de los procesos históricos, incluidos los estudios demográficos y su enfoque regional, así como a la importancia de la geografía en el diseño de las investigaciones.

Este esfuerzo por trascender el tradicionalismo parcelario de especialidades como la geografía, las ciencias políticas, la economía, la demografía, las historias tradicionales mucho más marcado entre las décadas del treinta y el cuarenta, respon­de a la emergencia y al desarrollo de corrientes de pensamiento y escuelas que laboran a contra­corriente de las configuraciones historiográficas dominantes. Ciertamente, muchas de las directrices que marcan los derroteros renovadores del maestro Guerra entroncan con la radicalidad del proyecto de los primeros Annales franceses, em­presa intelectual de trascendental impacto en el replanteamiento del oficio del historiador y la na­turaleza de su especialidad, con su sugerente tra­tamiento de la historia económica y social.

No se trata de apuntar hacia el mayor o menor influjo directo que pudo tener esta escuela en el historiador cubano, sino de advertir las señales de una época marcada por la renovación intelec­tual en ámbitos de las ciencias sociales con pre­tensiones narrativas globales. Y en ese fluir de ideas y literatura de diferentes latitudes; pero, además, desde las más diversas especialidades que le incumben por oficio, responsabilidades y también por cultura, Guerra no puede sustraerse de subtitular su Manual de historia de Cuba, con el rótulo: “Económica, social y política”.

La concepción altamirana de “historia interna” estará presente en esta obra; pero al igual que su­cede con el manual del historiador español, su concepción se aviene con una finalidad pedagó­gica, apegada a ciertos moldes secuenciales de hechos periodizados a partir de eventualidades de naturaleza política. El manual del pedagogo cubano, al igual que su Guerra de los Diez Años, fueron solicitudes que le hiciera la empresa edi­torial Cultural S. A. para que sirvieran como li­bros de consulta en la enseñanza secundaria.

No obstante, aun en el caso de estos textos es­colares exquisitamente documentados, la pers­pectiva “profunda” aparece reivindicada en sus renglones. En su periplo intelectual, de mucho le sirvió el curso especial de verano que recibió como “maestro de certificado” en la Universidad de Harvard, en fecha tan temprana como 1901. Allí se nutrió de las clases de geografía física y de las excursiones geográficas, a tono con el in­cipiente movimiento de renovación pedagógica que contaba en Estados Unidos con importantes exponentes: “Tanto me interesaron y tan útiles me fueron los conocimientos de geografía física adquiridos en Harvard, que me sirvieron de base para apreciar aspectos esenciales de la geografía de Cuba viajando por las provincias cubanas”.16

Geógrafos estadounidenses como C. Langdon White y George T. Henner y libros como el Tra­tado de geografía física, del climatólogo francés ­Emmanuel de Martonne; El hombre y la tierra, traducción de la obra magna del también científico galo Jacques Élisée Re­clus; así como la geografía general, regional y de Cuba, a cargo de los geógrafos y profesores cubanos Salvador Massip Valdés y su esposa Sarah Isalgué Isalgué, fueron otros de los referentes esenciales en la definición de la obra historiográfica y pedagógica de Guerra.

No obstante, en ese constante intercambio de ideas e influjo de experiencias, el maestro cubano volverá una y otra vez sobre la producción espa­ñola. De ahí que manifieste su afinidad de crite­rios con Claudio Sánchez Albornoz, autor de la debatida obra España. Un enigma histórico. Al coin­cidir con el historiador expatriado en la impor­tancia de tener en cuenta los factores económicos en la historia, sin que ello implicara afiliarse a de­terminismos economicistas, citaba algunas de las reflexiones filosóficas de su homólogo hispano: “[…] pero el modus operandi de cualquier comu­nidad humana no puede madurar en un mundo puro de ideas, desprendido de todo contacto con la tiranía eterna del vivir”.17 Sin embargo, fue su acercamiento a la historia social —según el propio Guerra influido por el historiador británico Geor­ge M. Trevelyan— el que le permitió contornear su noción de “historia profunda”: “Sin historia social, hay que reconocerlo, la historia económica resulta estéril y la historia política ininteligible”.

La historia social tiene un positivo valor propio y un campo de exclusiva incumbencia: la vida diaria de los habitantes de un país en las eda­des pasadas. Comprende las relaciones huma­nas y económicas entre las diferentes clases; el carácter de la familia y de la vida hogareña; las condiciones del trabajo y de las horas destina­das al descanso y al esparcimiento; la actitud del hombre respecto a la naturaleza; y, final­mente, la cultura de cada época tal como surge del proceso general de la vida colectiva, con inclusión de las formas en cambio constante de la religión, la literatura, la música, la arqui­tectura, todas las restantes artes sin excepción alguna, el pensamiento y la ciencia.18

Esta aseveración plasmada en Mudos testigos…, obra pu­blicada en 1948, permite apre­ciar el amplio diapasón de temas y objetos de investigación que llegó a concebir Guerra, en modo alguno cercanos a los socorridos por los exponentes de la historiogra­fía tradicional dentro y fuera de Cuba. Era a su entender una metodología capaz de proporcio­narle al historiador la posibilidad de descender la escala de análisis hasta aquellos resquicios de cotidianidad del hombre común, allí donde po­dían rastrearse las verdaderas raíces de la cultu­ra de un pueblo, muy en sintonía con la enorme obra etnológica y antropológica emprendida por su coterráneo y amigo Fernando Ortiz.

De ahí su interés por la polémica intelectual —y personal— protagonizada por dos expatria­dos españoles: el filólogo español Américo Cas­tro y su archirrival Sánchez Albornoz, ambos enfrascados en discurrir sobre la composición y esencia cultural del pueblo español. La ausencia de esta dimensión, a juicio de Guerra, obstaba a la adecuada interpretación de la “contextura vital” de las comunidades humanas, por lo que insistió en la necesidad de ahondar en los fun­damentos culturales, tanto como en la existencia material, de las poblaciones campesinas en las diferentes regiones y localidades de Cuba.

Aquí se entroncan otros elementos condicio­nantes de su “historia profunda”: el espacio geo­gráfico natal y las experiencias de sus primeros años de vida, los cuales moldearían definitiva­mente toda su obra intelectual.

El universo cultural de Ramiro Guerra fue forjado en un espacio geográfico y en un tiem­po, que pudiéramos calificar de “fronteras”. Desde el punto de vista espacial, tenía en cuen­ta la situación geográfica de su entorno vital donde transcurrió su infancia y juventud. Se trata del antiguo cafetal Jesús Nazareno, en­clavado en el barrio de Guanabo, cercano al poblado habanero de Batabanó, franja meri­dional de fértil tierra roja, cuyas familias más acomodadas habían alternado sus residencias entre las prósperas posesiones rurales dedi­cadas preferentemente al cultivo del café, del que obtenían extraordinarias ganancias, y los centros urbanos colindantes, preferentemen­te La Habana, situación que le permitió estar más al tanto de la vida intelectual y académica de la capital, aun en los estrechos moldes de la sociedad colonial.

De igual modo, la condición “frontera” de nues­tro autor es temporal. Cuando nació Guerra, en 1880, poco después de concluida la Guerra de los Diez Años, la situación del enclave distaba mu­cho con respecto a la que se había vivido durante el auge cafetalero de las primeras décadas del siglo xix. El contexto económico y social pos­bélico de la Isla cambiaba vertiginosamente y las condiciones de gran parte del campesinado de la zona se veían afectadas por las transfor­maciones; algunos de ellos devinieron colonos o se dedicaron a cultivos de subsistencia y cría de ganado, como el propio padre de Guerra.

Del significado de esta experiencia agraria en su labor intelectual, comentó: “De ancestro cam­pesino, y nacido y criado en una finca rústica, pude observar y darme cuenta, desde niño, de la estrecha vinculación del hombre con la tierra al ayudar a mi padre a las faenas de la labran­za”.19 De ahí sus crónicas sobre Jesús Nazareno, audaz y magistral pieza en la que testimonio e investigación se entrelazan aportando un deli­cioso relato, ejemplo de interrelación armónica de los más diversos aspectos que integran la tra­ma. La conclusión de Guerra al publicar un texto “familiar” pero que, como afirmara Moreno Fra­ginals, “le creció entre las manos”,20 fue que las elaboraciones de diferentes historias personales sobre fincas rústicas cubanas, “serían un aporte valiosísimo a la historia económica y a la historia social”, arrojando “viva luz sobre la manera de ser y de vivir del pueblo de Cuba”.21

En efecto, la temática campesina y la defensa de la pequeña propiedad rural fueron una cons­tante en su obra pedagógica, historiográfica, in­cluso en su ensayística relativa a temas econó­micos, como la ya citada Azúcar y población en las Antillas y su posterior Filosofía de la producción cubana (1944).

En el caso de su laboreo historiográfico es di­fícil aislar el interés por insertar la vida cotidia­na del campesino y de las culturas regionales de su quehacer como pedagogo. Guerra, junto.

Referencias Bibliográficas.

1 José A. Portuondo: “Ramiro Guerra. 1880-1970”, en Verde Olivo, La Habana, 8 de noviembre de 1970, p. 6; Carmen Almodóvar Muñoz: Antología crítica de la histo­riografía cubana (periodo neocolonial), Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1989. 

2 Ramiro Guerra: Fines de la educación nacional, Imprenta y Papelería La Propagandista, La Habana, 1917, p. 14.

3 Ramiro Guerra: La patria en la escuela. Conferencia del superintendente provincial de escuelas de Pinar del Río, pronunciada en la reunión de maestros celebrada en Guanajay, 29 de noviembre de 1913, Imprenta y Pa­pelería La Propagandista, La Habana, 1913, p. 4. 

4 Gloria García: “Prólogo” a Ramiro Guerra: La Guerra de los Diez Años, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1972, p. XVI.

5 Ramiro Guerra: Comentarios a un gran libro de Claudio Sánchez Albornoz. España. Un enigma histórico, Editorial Lex, La Habana, 1958, p. 11.

6 Daniel G. Linacero: Mi segundo libro de historia, Palencia, 1934, pp. 7-9, en Raimundo Cuesta Fernández: “El có­digo disciplinar de la Historia. Tradiciones, discursos y prácticas sociales de la educación histórica en España (siglos XVIII-XXI)”. Tesis Doctoral. Universidad de Sa­lamanca, Facultad de Educación, Departamento de Teo­ría e Historia de la Educación, Salamanca, 1997, p. 91.

7 Rafael Altamira: Manual de historia de España, Aguilar Editor, Madrid, 1934, p. 10.

8 Leopold von Ranke (Wiehe, 1795-Berlín, 1886). Conside­rado padre de la historiografía científica, este historiador advertía la inexistencia de interdependencia entre el sujeto cognoscente, o sea el historiador, y su objeto de conoci­miento. En tal sentido, la historia no solo se daba objeti­vamente, sino también en una forma acabada de hechos accesibles al conocimiento, “tal como ocurrieron”, sin nin­gún tipo de condicionante subjetiva.

9 Ramiro Guerra: Comentarios a un gran libro de Claudio Sánchez Albornoz…, ob. cit., p. 40. 

10 Ramiro Guerra: Azúcar y población en las Antillas, Edito­rial Lex, La Habana, 1961 [1.a edición, 1927], p. 7.

11 Oscar Zanetti Lecuona: Isla en la historia. La historiografía de Cuba en el siglo xx, Ediciones Unión, La Habana, 2005, p. 34.

12 Ramiro Guerra: Fines de la educación nacional, p. 13.

13 Ibidem.

14 Ibidem, p. 8. 

15 Ramiro Guerra: Guerra de los Diez Años, p. 16.

16 Ramiro Guerra: Comentarios a un gran libro de Claudio Sánchez Albornoz: España. Un enigma histórico, pp. 15-16. 

17 Ibidem, p. 41.

18 Ramiro Guerra: Mudos testigos: crónica del ex-cafetal Je­sús Nazareno, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974, p. 16.

19 Ramiro Guerra: Comentarios a un gran libro de Claudio Sánchez Albornoz…ob. cit., pp. 14-15.

20 Manuel Moreno Fraginals: “Prólogo” a Ramiro Guerra: Mudos testigos. Crónica del ex-cafetal Jesús Nazareno, ob. cit., p. 11.

21 Ramiro Guerra: Mudos testigos…, ob. cit., p. 24.

22 Pedro García Valdés: Enseñanza de la historia, Editorial Minerva, La Habana, 1941, p. 254. 

23 Ramiro Guerra: Por las veredas del pasado, 1880-1902, Es­cuela Tipográfica Manuel Inclán, La Habana, 1957, p. 5. 

 

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