El Azote de los Españoles

Autor: Joel Pérez Soto. Miembro de la UNHIC, Sección de Base de Remedios.

Les Sables-d´Olonne, es una pequeña comunidad francesa, cuyos litorales son bañados por el Océano Atlántico; durante la primera mitad del siglo XVII su población apenas alcanzaba las 1 500 almas, cuyo sustento provenía en lo fundamental tanto de la pesca, como del comercio marítimo.

Situada en la nombrada Costa de la Luz, cuyo nombre se ha internacionalizado en parte a la Vendée Globe o regata en solitario alrededor del mundo, la que se efectúa cada cuatro años, y cuyo punto de salida y llegada, lo constituye precisamente el puerto de Les Sables-d´Olonne. 

El segundo motivo que le ha permitido al lugar alcanzar celebridad, es debido a la triste fama de uno de sus hijos, quien llegó a convertirse en una de las personas más temerarias y violentas de la historia del pillaje en los mares del Caribe durante la conocida Época Dorada de la Piratería, su nombre, Jean David François de Nau; para quienes no les dice nada este nombre, lo llamaremos por su apodo “El Olonés”.

Sobre la causa de su llegada a estas tierras de las Indias Occidentales o del Nuevo Mundo, existen varias hipótesis, por lo que, sin faltarle a la veracidad histórica, nos permitiremos exponerles las posibles causas que lo lanzaron a una vida de aventuras.

Una de las fuentes bibliográficas refiere: “siendo aún un niño como sirviente de Francia, en la isla Martinica y al concluir el plazo del servicio, se instala en La Española, y desde este lugar se relacionó con aventureros y filibusteros, tomando de ellos su estilo de vida” (1).

Otra de las hipótesis sobre su llegada, es que vino bajo los servicios de un colono compatriota suyo, quien lo trató mal y por ello lo abandonó, pasando a Haití, donde se unió a algunos piratas y con estos se dirige a la Isla Tortuga.

La tercera de las variantes y la que según mi parecer es la más acertada, es que llegó siendo aún un joven en cumplimiento del Servicio Militar al servicio de Francia y una vez concluido el mismo, prefirió quedarse en Santo Domingo, desde donde luego se traslada a la Isla Tortuga, situada frente a las costas de Haití.

Esta isla poseía las características idóneas para ser tomada como el “Cuartel General” de la piratería durante los siglos XVII y XVIII, por estar rodeada de numerosos islotes, lo que hacía casi imposible la navegación para aquellos que no conocían bien estos mares. La isla en su lado sur posee un puerto con un refugio natural, empleado como punto estratégico para el resguardo de las embarcaciones y al norte sus montañas constituyen un bastión infalible, por lo que se ganaron el nombre de la Costa de Hierro.   

Lo cierto fue que la fama de la temeridad y el arrojo derrochado por el joven, llegó a oídos del gobernador francés de la isla, De La Place, cuestión que lo motivó a situarlo al mando de un pequeño navío, para que hostigara a la flota española en las aguas del Mar Caribe, orden que acató muy en serio, dedicándose en lo sucesivo a ejecutar encarnizados ataques, tanto a embarcaciones como a poblaciones españolas en el Mar Caribe y el Golfo de México, por lo que fue comenzado a ser renombrado como “El azote de los españoles”. 

Una de las poblaciones que fue alcanzada por su odio despiadado, fue la pequeña población de Remedios, situada en el centro-norte de Cuba, la que ocupa en 1658 y donde cometió todo género de horrores, raptando a varias mujeres de las familias principales, por las que pidió grandes rescates.   

Poco después de haber acometido esta fechoría, una fuerte tormenta lo hace naufragar en la península de Yucatán, arreglándosela para regresar a La Tortuga, donde en premio por sus “Excelentes Servicios” le entregan una nueva embarcación y es completada su tripulación nuevamente.  

Ya en alta mar, elige como destino para acometer nuevas fechorías el Golfo de Campeche, donde tras despiadados atracos sufre una gran derrota, le es hundida su embarcación, siendo capturados y fusilados la mayoría de sus hombres. Mientras él logra salvar su vida milagrosamente, acompañado de 25 de sus hombres y a bordo de dos chalupas medianas llegan a las costas de la jurisdicción remediana, trascurría el año 1667.

En este lugar realiza un segundo asalto, para después mantenerse semi-oculto en los cayos inmediatos, mientras era guiado por algunos prácticos que tomó entre los pescadores de la zona, su plan, hacer llegar y asaltar por sorpresa a la nave de guerra que remitieran en su persecución, para poder continuar sembrando el terror por estos mares.

Su propósito se comienza a cumplir, cuando los remedianos indignados por su constante asedio, pican el anzuelo y envían aviso de su presencia al Capitán General de la isla, quien de inmediato “envió desde la Habana un barco con 90 hombres y 10 cañones para su defensa”. (2)

Frente a las márgenes de Cayo Guayo ancló el navío de la armada española, al arribar a estas costas en una oscura noche, mientras que “El Olonés”, pone en práctica su plan de acecho: se acerca a la embarcación, obligando al centinela de la costa que aguardaba la llegada de la nave, a que diera la contraseña establecida, permitiendo esto que los de abordo se tranquilizaran y aprovechando el desconcierto, escalan a cubierta acuchillando a 89 de sus tripulantes, perdonando la vida a un solo hombre, a quien puso a bordo de un bote, lo envía a tierra firme, con un mensaje para el Gobernador de la Isla don Juan de Salamanca, donde le manifestaba “que en lo sucesivo no tendría piedad con los españoles que capturase, ni con él mismo, si como esperaba caía en sus manos” (3).

Luego de esta temeraria acción, se dirige nuevamente a la Tortuga, donde con las riquezas acumuladas y la fama adquirida, logra armar una pequeña flota de 8 naves, tripuladas estas por 650 hombres, con las que estuvo atemorizando las costas de Centro América por largos meses, tomando entre otros sitios el castillo de San Carlos, ubicado en la boca del Lago Maracaibo, custodiado por 16 cañones y numerosos soldados. Luego toma Gibraltar y arrasa con su guarnición compuesta por 500 hombres.

“El Olonés”, jamás mostró piedad con los prisioneros capturados, los torturaba salvajemente y si estos no cedían ante sus exigencias de darle información, elegía alguno al azar y le abría el pecho con un puñal, después le arrancaba el corazón y aun latiendo lo devoraba salvajemente, sino, obligaba a alguno de sus oficiales a hacerlo, para luego proceder a matar al resto, uno a uno, hasta que conseguía con estas sádicas prácticas arrancarles la información deseada.  

Estos constantes y despiadados asaltos, sumados a la amenaza lanzada contra el Capitán General de Cuba, le selló su destino, pues comenzó a ser perseguido continuamente, ya su cabeza había alcanzado elevados precios, con lo que su existencia se le tornó muy difícil. Se habían emitido varias patentes de corso para su captura.

En 1668 naufraga nuevamente, esta vez frente a la desembocadura del río San Juan, Nicaragua, siendo perseguido durante meses por lo que su tripulación fue diezmando ante las penalidades, los constantes combates contra españoles, las tribus de esta región y las constantes deserciones.

Al año siguiente muere, sobre su deceso se especula que fue capturado por los españoles en Nicaragua, quienes lo quemaron vivo, por el delito de hereje. En otra de las versiones se dice que fue devorado por una tribu de Centroamérica que practicaba el canibalismo. Lo cierto es, que cualquiera de las dos versiones sobre su muerte, confirma que tuvo un final trágico.

Al saber la noticia de su muerte, el Obispo de Cuba le maldijo “Su alma, que se la lleve el diablo”. Así acabó sus días uno de los piratas más crueles del Mar Caribe, quien llegó a ser considerado como “El azote de los españoles”.

Notas y citas bibliográficas

1- Francisco M Mota. “Francis Nau, el Olonés, y los últimos filibusteros franceses”. Piratas y Corsarios en las Costas de Cuba. Editorial Gente Nueva. La Habana. 2003. Pág. 8.

2- Martínez-Fortún y Foyo, José Andrés. “Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción”. Tomo I. Imprenta Pérez Sierra y Comp. La Habana. 1930. Pág. 43.  

3- Martínez Escobar, Manuel. “Los corsarios y piratas en el siglo XVII”. Historia de Remedios. Jesus Montero, Editor, Obispo 521. La Habana 1944. Pág. 84.

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